domingo, 1 de agosto de 2010

Perchas (3)

Sin embargo a todo este poder le faltaba algo que hacía esta vida un tanto más sobrellevable: legitimidad. Necesitaba que la Sociedad pensara, actuara, creyera como yo lo hacía. No porque se viera obligada. No porque viviera atemorizada. Había de seguirme por propia voluntad, por propio convencimiento de que mi forma de ver el mundo era la correcta.
¿Cómo conseguirlo?
Puesto que era capaz de controlar gobiernos, había de ser capaz también de controlar aquellas instituciones que controlaban legalmente estos gobiernos. El problema principal radicaba en la existencia de diferenciadas instituciones, muchas de ellas inconexas entre sí.
De modo que el primer paso había de ser lograr que todas estas instituciones se aunaran en una sola, cosa difícil incluso para mí.
Comencé por controlar aquellas en que la capacidad de voto era atribuida en función de la cuota que se pagaba como miembro. Dada mi enorme fortuna, no resultó complicado conseguir que mi país deviniera la potencia con mayor derecho a voto.
Resultó que, después del control infrasocial, estas instituciones eran las que ejercían mayor influencia en el Mundo, puesto que maniobraban a escala global, conformando según conveniencia de los países “con más derecho a voto” las economías del planeta.
Por supuesto, existían instituciones alternativas, tanto oficiales como informales. Las primeras no supusieron grandes dolores de cabeza, puesto que si controlaba las más importantes a escala económica, el resto habría de adaptarse sin remedio a mis directrices, so pena de quedar excluidas de la futura conformación global, que eliminaría las fronteras y uniría todos los países en uno.
Las segundas resultaron un tanto más complejas de varear. Lamentablemente, existían demasiadas de estas organizaciones, cada una de ellas con no menos razones que las otras para esgrimir sus recursos al orden existente y a cualquiera que se quisiera instaurar, sobretodo si este instaurador era un empresario sin escrúpulos que lo mismo te vendía perchas, que ponía un fusil en las manos de un crío.
El camino a seguir era la eliminación de todas estas organizaciones, principalmente de aquellas que no dependían de las subvenciones estatales. Se había de dejar sin embargo una o dos de estas instituciones para que la gente tuviera una vía de escape ante posibles problemas. La existencia de éstas estaría siempre bajo tutela de los organismos oficiales, es decir, bajo mi tutela.
La desorganización e incoherencia que reinaba en la gran mayoría de estas instituciones informales, facilitó lo que me temía iba a ser trabajo de negros. Se tuvieron que apretar muy pocas clavijas para que éstas cayeran por su propio peso. La idea principal fue mantener aquellas dos o tres organizaciones plenamente coordinadas y forzar la marcha de los miembros de las otras a éstas. De este modo, teníamos todos los ratones en jaulas específicas y bien controlados. A partir de esta consecución, doblegar a los miembros de las más importantes organizaciones no iba a ser sencillo, por lo que ni siquiera lo intenté. Tenían tan arraigadas sus creencias que opté por aprovecharme cuanto pudiera de ellas, en lugar de luchar en contra. De este modo, conseguí canalizar las protestas de estos miembros hacia mis métodos, mediante la consecución de proyectos humanitarios, de educación, sanitarios, y un largo etcétera. Firmé hasta la saciedad (no sin cierto regusto irónico) tratados de compromiso para luchar contra el tráfico de armas, que hacían posible que continuaran en vigor guerras cuyos motivos ya se desconocían, guerras que suponían la desaparición de más de un 3% de la población mundial cada década. Me comprometí asimismo a zanjar toda actividad explotadora, como por ejemplo mis sucursales de juguetes en Malasia y a garantizar el respeto de los derechos humanos.
El éxito, aunque no total, si fue notable. En pocos años logré que la existencia de estas organizaciones se redujera a una única, de la cual yo era el principal gestor.
La gente comenzó a asimilar los nuevos cambios en el orden mundial. Mi figura se revalorizó, esta vez dentro del marco legal, por lo que mis negocios alternativos los ejercía ya más espaciadamente y por mera diversión.
Seduje a los sectores más pobres con agasajas y baratijas, simples hechos simbólicos que mejoraron sus situaciones muy poco, pero la clave fue hacerles creer que habían sido afortunados al inmiscuirse en esta nueva era.
Lentamente, pero sin tiempo para pausas, se comenzó a gestar uno de los proyectos que tenía en mente desde mi “alzamiento” al trono mundial. Logré que se conformara un gobierno global, que absorbiese todas y cada una de las sociedades existentes bajo una misma doctrina. No resultaba fácil, ya que se habían de tener en cuenta aspectos que nada tenían que ver con el dinero, mi principal fuente de vida. Aplastar culturas e identidades, sumirlas en una nueva corriente ideológica y social, la mía, suponía un esfuerzo y una cantidad de tiempo que no podía ser asimilado, sino fuera porque, gracias a los avances de la ciencia médica, logré perpetuar mi longevidad a lo largo de más de dos siglos.
Vencida la batalla del tiempo, no tenía más que seguir paso a paso, insistiendo cuando había de hacerlo, dejando madeja cuando era necesario, aguardando acontecimientos, o provocándolos. Mi paciencia dio sus frutos. Conseguí lo que parecía imposible: el pensamiento único. Todo el planeta seguía unos mismos valores, una misma ideología. Me convertí finalmente en el dictador mundial que siempre había querido ser.
Tenía el Mundo en mis manos tanto a nivel oficial, como a nivel infrahumano. Ninguna voz se alzaba contra mis opiniones.

Perchas (2)

Tantos trapos caros y de diseño bien habían de colgarse en algún sitio, ¿qué mejor lugar que en un armario caro y de diseño, con perchas caras y de diseño?
Rápidamente la empresa se centró, única y exclusivamente, en lograr tratos con las grandes firmas de ropa existentes.
La contratación de dos diseñadores esnobs para los nuevos modelos de perchas acabó rápidamente con las ganancias que habíamos conseguido hasta la fecha. El sacrificio, sin embargo mereció la pena, pues los modistos y grandes diseñadores quedaron encantados con nuestras nuevas colecciones, y el primer catálogo “con estilo y personalidad digna del comprador sofisticado” (slogan a mi parecer patético, pero que hizo subir los pedidos como la espuma) fue manoseado, leído, saboreado por cientos de personajes de más o menos relativa importancia social, que son, salvo tristes y esperpénticas excepciones, los que al final sueltan la pasta a la que aspiraba.
Esta gentuza me proporcionó no sólo considerables sumas de dinero, sino que me las proporcionó rápidamente, permitiéndome entrar en contacto con altas esferas de la Moda primero, y gente más interesante después. No tardé en lograr el primer paso hacia la inmortalidad: la fama. El equipo de la fábrica funcionaba a las mil maravillas, lo que nos permitió llevar adelante nuestra más prevaleciente meta: la expansión del negocio. Se fueron sucediendo las construcciones de nuevos edificios, se fueron sucediendo las nuevas incorporaciones, se fueron sucediendo los beneficios. Crecimos enormemente en poco tiempo, gracias a fuertes campañas de elitismo: nuestras perchas eran las únicas. Toda aquella firma que no utilizaba nuestro material era de carácter inferior. Se habían de ver forzadas a comprarnos, aún siendo nuestro género de peor calidad que la mayoría de nuestros competidores, por el simple hecho de que nos utilizaban los “grandes”.
Aún no me había quedado calvo y ya era uno de los hombres más ricos del planeta, con sucursales en todo el Mundo, principalmente en el Tercero, donde gracias a la explotación desmesurada de hombres, mujeres y niños lográbamos llevar adelante nuestras expectativas de producción, abaratando hasta un 40% los costes. Los problemas que nos produjeron organizaciones a favor de los Derechos Humanos y demás estupideces los subsanamos mediante una simple maniobra legal: la subcontratación. Contratábamos a otra empresa, que nos ofrecía el servicio de manufactura que necesitábamos. Si surgía algún problema, nosotros no nos hacíamos responsables, ya que desconocíamos los métodos utilizados por esta “sub-empresa” para la fabricación de las perchas.
Mi poder se vio aumentado cuando comencé a frecuentar fiestas de sociedad, en las que conocí toda aquella gente interesante a la que mencioné anteriormente. Las reuniones de negocios se sucedían en estos eventos a velocidades meteóricas. Conocí grandes empresarios hasta hartarme, metidos en mil y un negocios. Fue en una de esas fiestas en las que conocí a algunos de los mayores contrabandistas de todo aquello con lo que se pudiera traficar: tabaco, armas, drogas, maquinaria, teléfonos de plástico “made in Taiwan”...
Como no podía ser de otra forma, comencé a hacer mis pinitos en esto del estraperlo. De este modo, me decidí por el tráfico de armas. Así conseguía aumentar más si cabe mi fortuna, a la vez que convertía la vieja empresa de perchas en una consagrada multinacional, en la que se fabricaba desde las irremediables perchas, hasta juguetes mecánicos, automóviles o medicamentos. Fue precisamente idea mía iniciar la fabricación de medicamentos, pues si alguna vez me veía en un aprieto con mis otros negocios, era interesante disponer de algunos técnicos que cambiaran las armas por las drogas, e, incluso, se podría dar el caso de ofrecer “por la compra de dos tanques, un Kg. de cocaína gratis. No desaproveche la ocasión”.
El tráfico de armas me colocó en una posición encomiable. La rapidez y discreción con que se hacían efectivos los pedidos me valieron una lista de clientes que engordaba por días. Desde arsenales privados, ya fuera para coleccionistas o para esquizofrénicos, a gobiernos subdesarrollados o subnormales, todos habían oído hablar de mí.
La necesidad te otorga poder. Me convertí en un hombre muy poderoso, a la vez que mi desconfianza y mi seguridad aumentaban a base de talonario.
Tal era el poder, que aniquilaba todo lo que se interponía en mi camino, sin ningún tipo de miramientos. Fui capaz de derrocar gobiernos que no pagaron mis tarifas, fui capaz de mandar asesinar presidentes que luchaban contra el tráfico, y, posteriormente, a todo aquel mandatario que pretendía imponer leyes contrarias a mis negocios, ya fueran limpios o no, fui capaz de hundir economías de países que estorbaban mis operaciones o que, simplemente, me caían mal.
Con el tiempo también acabé con los rivales del mundo subterráneo que me había formado. Otros traficantes, ladrones, asesinos, embaucadores... acabé con ellos con la misma facilidad que con los representantes públicos, con la ventaja de que por ellos no hubieron demasiadas preguntas, una vez me limite a seguir costeando, sin gran perjuicio para mi liquidez, las deudas de los gobiernos hacia esta escoria.
Me convertí, pues, en la persona más poderosa de la Tierra. Hacía y deshacía a mi libre capricho países, gobiernos, instituciones y movimientos sociales.

Perchas (1)

La vida es un juego
cuyas reglas aprendes
si saltas a ella
y la juegas a fondo


Frank Herbert

Cuando somos buenos, nadie nos recuerda.
Cuando somos malos, nadie nos olvida.


Jason Mariner

Todo gran camino comienza con un pequeño paso

Confucio

La cordura no depende de las estadísticas

George Orwell




No sé quién eres, y tampoco me importa.

Ante la desolación que me rodea en forma de absoluto vacío, el hecho de tener alguien en quien depositar renovadas esperanzas, aunque ese alguien sea una ficción, o, cuanto menos un ente que no puedo ver, sentir, y que ni siquiera puedo adivinar si existe o no, resulta motivación suficiente para considerarte un amigo al que puedo narrar como he conseguido arrasar con la Humanidad y lo poco culpable que me siento.

No te voy a explicar toda mi vida, ya que ésta no tiene nada de particular. No soy aquel tipo que se “ha hecho a sí mismo”.

Nací siendo ya hijo de un personaje importante en el mundo de los negocios. Mi padre tenía montado un verdadero paraíso mercantil, en base al objeto más simple que se te pueda ocurrir, y, por tanto, más necesario en esta vida: perchas. Lo primero que puedes pensar es que la construcción de estos enseres resulta tan extremadamente barata que es impensable que alguien pueda alcanzar cotas de considerable popularidad en asuntos de mercado. Sin embargo, mi padre siempre fue así, era capaz de llevar adelante negocios más insospechados que vender polvorones en el desierto. No sólo fue capaz de ganarse la vida con su fábrica de perchas, sino que, además, se la ganó con holgura, diversos almacenes, dos residencias y numerosas amantes, incluida mi madre.

A su muerte, nada trágica por descontado, sus negocios pasaron, tras alguna que otra disputa con otro par de hijos bastardos que aparecieron para participar en el testamento, a mis manos, no sin gran alegría por mi parte.

Mi primera medida como dueño fue hacer un reajuste de plantilla, esto es, despedí a todos los trabajadores que habían colaborado tantos años con mi predecesor, sin excepción alguna. Segunda medida: contratación de sangre nueva, publicistas, material técnico, economistas.

Elaboramos un plan de empresa, que acabara con ese entorno pseudo-familiar que existía, para dotar el negocio de mayor competitividad, por tanto, para cimentar las bases de la nueva época en la expansión absoluta y sin miramientos.

Así pues, comenzamos una carrera salvaje en busca de nuevos e importantes clientes que satisficiesen nuestras ansias de poder y fortuna.

Los viejos clientes de mi padre se mostraban reacios, cuando no desconfiantes ante el nuevo cariz que había tomado la empresa. Muchos de ellos, canosos y acomodados en la rutina de su futuro retiro, rompieron sus relaciones con nosotros. En menos de dos meses había logrado perder la práctica totalidad de la cartera que había costado años de trabajo a mi padre conformar.

Mis asesores no paraban de aconsejarme que incidiera en campos de la sociedad aún no explorados, mercados, según ellos “encerrados tras el velo de la ceguera racional”. Dada mi hijoputez extrema, pero la marcada falta de vocabulario que sufría, después de consultar un par de diccionarios, decidí aventurarme en terrenos en los que mi padre no había ahondado profundamente.

Probé con el deporte, procurando conseguir exclusivas, en cuanto a perchas se refiere, de todas las instalaciones deportivo-lúdicas en o por construir. La idea resultó, llegando las primeras ganancias netas.

Pero nuestro objetivo, mi objetivo, apuntaba más alto que limitarme a conservar exiguos (benditos diccionarios) beneficios.

Seguí adentrándome en numerosos ámbitos, con notables y/o vergonzosos fracasos. Hasta un buen día en que, tras chocar con una farola al caminar distraído por las piernas de una valla publicitaria, me vino a la mente el más rentable de los campos sociales para un vendedor de perchas: La Moda.


Volvemos a la carga

Ya estamos en agosto, época histórica del veraneo más cañí y fuente de calor inagotable, que provoca unas ganas inmensas de no hacer nada más que disfrutar de unas merecidas, o no, cervezas en cualquier sitio fresco.

Recientemente me comentaba alguien, al que poco a poco puedo ir calificando de amigo, a pesar de la distancia física y de carácter, que me he estado aprovechando del talento del resto para elaborar este blog, sin aportar ni esforzarme lo más mínimo por mi parte. Tiene razón y hay dos motivos para ello:

- Si uno no tiene mínimo talento para escribir, acaba siendo un excelente editor (como refleja Tom Sharpe en su divertida "La gran pesquisa").

- Soy tremendamente vago.

Aún así, y sin que sirva de precedente, colgaré algunas cosas que escribí hace algún tiempo y, por un motivo u otro, les tengo un cierto cariño.

Empezaré con un relato que hice durante mi poco fructífera etapa universitaria, y que guardo como un pequeño tesoro personal, pues, aunque no es ninguna obre maestra, me sirvió para aprobar Economía Mundial una asignatura peñazo con un profesor tan bueno, como exigente.
Puede que resulte un poco farragoso al lector común, ya que engloba temáticas tratadas durante los 4 meses que duró la asignatura... pero así aprendéis cosas nuevas :p.

Tiene 14 páginas, por lo que lo iré publicando por partes, pues blogspot no permite tantos caracteres.