Tantos trapos caros y de diseño bien habían de colgarse en algún sitio, ¿qué mejor lugar que en un armario caro y de diseño, con perchas caras y de diseño?
Rápidamente la empresa se centró, única y exclusivamente, en lograr tratos con las grandes firmas de ropa existentes.
La contratación de dos diseñadores esnobs para los nuevos modelos de perchas acabó rápidamente con las ganancias que habíamos conseguido hasta la fecha. El sacrificio, sin embargo mereció la pena, pues los modistos y grandes diseñadores quedaron encantados con nuestras nuevas colecciones, y el primer catálogo “con estilo y personalidad digna del comprador sofisticado” (slogan a mi parecer patético, pero que hizo subir los pedidos como la espuma) fue manoseado, leído, saboreado por cientos de personajes de más o menos relativa importancia social, que son, salvo tristes y esperpénticas excepciones, los que al final sueltan la pasta a la que aspiraba.
Esta gentuza me proporcionó no sólo considerables sumas de dinero, sino que me las proporcionó rápidamente, permitiéndome entrar en contacto con altas esferas de la Moda primero, y gente más interesante después. No tardé en lograr el primer paso hacia la inmortalidad: la fama. El equipo de la fábrica funcionaba a las mil maravillas, lo que nos permitió llevar adelante nuestra más prevaleciente meta: la expansión del negocio. Se fueron sucediendo las construcciones de nuevos edificios, se fueron sucediendo las nuevas incorporaciones, se fueron sucediendo los beneficios. Crecimos enormemente en poco tiempo, gracias a fuertes campañas de elitismo: nuestras perchas eran las únicas. Toda aquella firma que no utilizaba nuestro material era de carácter inferior. Se habían de ver forzadas a comprarnos, aún siendo nuestro género de peor calidad que la mayoría de nuestros competidores, por el simple hecho de que nos utilizaban los “grandes”.
Aún no me había quedado calvo y ya era uno de los hombres más ricos del planeta, con sucursales en todo el Mundo, principalmente en el Tercero, donde gracias a la explotación desmesurada de hombres, mujeres y niños lográbamos llevar adelante nuestras expectativas de producción, abaratando hasta un 40% los costes. Los problemas que nos produjeron organizaciones a favor de los Derechos Humanos y demás estupideces los subsanamos mediante una simple maniobra legal: la subcontratación. Contratábamos a otra empresa, que nos ofrecía el servicio de manufactura que necesitábamos. Si surgía algún problema, nosotros no nos hacíamos responsables, ya que desconocíamos los métodos utilizados por esta “sub-empresa” para la fabricación de las perchas.
Mi poder se vio aumentado cuando comencé a frecuentar fiestas de sociedad, en las que conocí toda aquella gente interesante a la que mencioné anteriormente. Las reuniones de negocios se sucedían en estos eventos a velocidades meteóricas. Conocí grandes empresarios hasta hartarme, metidos en mil y un negocios. Fue en una de esas fiestas en las que conocí a algunos de los mayores contrabandistas de todo aquello con lo que se pudiera traficar: tabaco, armas, drogas, maquinaria, teléfonos de plástico “made in Taiwan”...
Como no podía ser de otra forma, comencé a hacer mis pinitos en esto del estraperlo. De este modo, me decidí por el tráfico de armas. Así conseguía aumentar más si cabe mi fortuna, a la vez que convertía la vieja empresa de perchas en una consagrada multinacional, en la que se fabricaba desde las irremediables perchas, hasta juguetes mecánicos, automóviles o medicamentos. Fue precisamente idea mía iniciar la fabricación de medicamentos, pues si alguna vez me veía en un aprieto con mis otros negocios, era interesante disponer de algunos técnicos que cambiaran las armas por las drogas, e, incluso, se podría dar el caso de ofrecer “por la compra de dos tanques, un Kg. de cocaína gratis. No desaproveche la ocasión”.
El tráfico de armas me colocó en una posición encomiable. La rapidez y discreción con que se hacían efectivos los pedidos me valieron una lista de clientes que engordaba por días. Desde arsenales privados, ya fuera para coleccionistas o para esquizofrénicos, a gobiernos subdesarrollados o subnormales, todos habían oído hablar de mí.
La necesidad te otorga poder. Me convertí en un hombre muy poderoso, a la vez que mi desconfianza y mi seguridad aumentaban a base de talonario.
Tal era el poder, que aniquilaba todo lo que se interponía en mi camino, sin ningún tipo de miramientos. Fui capaz de derrocar gobiernos que no pagaron mis tarifas, fui capaz de mandar asesinar presidentes que luchaban contra el tráfico, y, posteriormente, a todo aquel mandatario que pretendía imponer leyes contrarias a mis negocios, ya fueran limpios o no, fui capaz de hundir economías de países que estorbaban mis operaciones o que, simplemente, me caían mal.
Con el tiempo también acabé con los rivales del mundo subterráneo que me había formado. Otros traficantes, ladrones, asesinos, embaucadores... acabé con ellos con la misma facilidad que con los representantes públicos, con la ventaja de que por ellos no hubieron demasiadas preguntas, una vez me limite a seguir costeando, sin gran perjuicio para mi liquidez, las deudas de los gobiernos hacia esta escoria.
Me convertí, pues, en la persona más poderosa de la Tierra. Hacía y deshacía a mi libre capricho países, gobiernos, instituciones y movimientos sociales.
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