Un día, me sorprendí mirándome al espejo. No tenía reflejo.
Miraba y remiraba. No tenía reflejo.
Lo busqué, muerto de miedo, por todos los rincones de mi mansión, pero el reflejo no aparecía.
Llamé a mis sirvientes, a mis mujeres (en plural, pues había decidido crear también un nuevo orden religioso que aunara características de todas las religiones existentes, bajo mi propia supervisión, por lo que me pareció que la poligamia que honraba el Islam era característica obligada de formar parte de esta nueva creencia religiosa, que tomaba como dios al propio ser humano, ejemplificado en mi persona), a mis dos docenas de hijos y buscamos por las ciudades, pueblos, campos… pero el reflejo seguía sin aparecer.
Preguntamos a todo aquel que nos encontramos, dando numerosos detalles de cómo era mi reflejo. Nadie lo había visto.
Tras años de búsqueda, abandoné toda esperanza de hallarlo, y decidí encerrarme en vida, convencido de que la pérdida de mi alter ego no podía sino ser señal inequívoca de que me aguardaban desgracias futuras, que ni mi poder, ni mi dinero podrían subsanar.
Abandoné todo lo que había logrado. Abandoné mis riquezas, mi trono, mi familia, mis lujos, mis animales, mi Mundo.
Me fui a dar un paseo que duraría décadas.
Durante el tiempo que estuve fuera, el Mundo cayó en la degeneración que produce la falta de un poder estable. Las instituciones globales que conformaban y dirigían la economía mundial cayeron en manos de la apatía y la consecuente corrupción. Resurgieron movimientos religiosos alternativos al único existente, comenzando una nueva división de la Sociedad. La institución informal regentada por botarates, se fragmentó en numerosas alas, cada cual diferente entre sí, cada cual igual a la otra. Los negocios de contrabando resurgieron: volvieron los tráficos de drogas sin control, que pervirtieron más de lo aconsejable a la población, volvieron las guerras descontroladas bajo nuevos motivos de lucha, volvieron los juguetes defectuosos. La explotación de una parte de la Sociedad sobre la otra se volvió a hacer excesivamente explícita. Volvió la política, mal de tiempos pasados. Volvió todo aquello contra lo que había luchado o había escondido al Mundo.
Caos.
El tiempo perdió significado para mí. Las horas eran confundidas con semanas, los días, con años.
Caminaba, paseaba desde hacía mucho tiempo por en medio del mundo que veía desmoronarse. El mundo que había logrado estabilizar se fragmentaba en pequeñas culturas que se espaciaban entre ellas no sólo geográficamente, sino culturalmente, socialmente, genéticamente. Se formaron nuevas razas. Se abandonó paulatinamente el pensamiento único. Nuevas creencias sustituían a las que había creado con tanto afán.
No existía un motivo para regresar, y sin embargo lo hice.
Volví viejo y cansado. Asqueado. Harto.
Volví sin poder. Apenas con unas cuantas riquezas. Demasiado frustrado por la pérdida del reflejo, por la pérdida del mundo, como para intentar reconducirlo de nuevo.
Me limité a regresar a una de mis casas, la más humilde, apenas un millar de metros cuadrados, que se fueron reduciendo a medida que me encerraba en un mundo de recuerdos y desolación, aferrado a un pasado que ya no me pertenecía.
Llegó el día en que olvidé la edad que tenía. Olvidé el día en que había nacido.
Fue el mejor día que recuerdo. Posiblemente es el único día que recuerdo con cariño y no con la amargura que profesa el sentimiento de desposesión al que me había acostumbrado.
Me levanté sin prisas y decidí que, ya que no podía remediar los acontecimientos negativos que habían relegado mi existencia al olvido, al menos lograría recuperar el protagonismo que me correspondía de pleno derecho.
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