lunes, 9 de agosto de 2010

Era... (Anabel Colado)

Eran cuerpos de madera, sobre los que escribir una historia completa, sin conocimiento ni causa. Eran como un ser humano recién nacido, donde esculpir cada una de las enseñanzas que los ancestros habían dejado en nosotros.

Pero no era su fortaleza exterior lo que los hacía poderosos, sino la austeridad con la que llevaban su superioridad manifiesta respecto al resto de los seres vivos de aquella civilización. Eran, lo que se puede llamar, la raza superior sobre la que construir la base del gobierno de castas de la especie. Pero eso no parecía ser importante para ellos, que seguían realizando sus tareas como si toda la vida de una comunidad no dependiera de las decisiones que ellos tomarían al finalizar el día en las reuniones reservadas a las altas esferas de las que eran líderes.

Se les dio el poder, y supieron utilizarlo. Tenían fuerza superior e inteligencia desbordada, y eso conllevó mejoras para toda una raza que podría haber crecido con penurias de no haber sabido entregar el poder a tiempo.

Es lo que se llama un aborregamiento de la sociedad útil.

Pasaron los años, y este poder fue aumentado a medida que las decisiones tomadas por los touctonitas fueron otorgando prosperidad a la comunidad. Nadie deseaba más que nadie, todos tenían los que necesitaban y se vivía en plena sensación de hermandad y solidaridad.

Unos cultivaban las tierras, otros cazaban, los más débiles cuidaban de los enfermos y los niños, y los touctonitas hacían un poco de todo, ayudando allí donde más se les necesitaba.

Las vidas comenzaron a ser más longevas, y los nacimientos más seguros, por lo que la civilización aumentó en gran medida.

La civilización seminita carecía de impulsos para la guerra, desconocían el paradigma de esta y no necesitaban de armas de fuego para ello. Tenían lanzas para cazar y pescar, y pequeñas herramientas para el cultivo; pero nunca se les ocurrió utilizarlas para usurpar el poder de los touctonitas. Estos gobernaban en paz.

El día que se levantó anaranjado, atípico para ser la época de sembrar, los touctonitas miraron preocupados el cielo. No eran partidarios de los cambios naturales. En su mentalidad recordaban datos de otras épocas pasadas en los que los humanos habían provocado cambios en la naturaleza y habían provocado que la tierra se volviera un lugar inhabitable.

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