Sin embargo a todo este poder le faltaba algo que hacía esta vida un tanto más sobrellevable: legitimidad. Necesitaba que la Sociedad pensara, actuara, creyera como yo lo hacía. No porque se viera obligada. No porque viviera atemorizada. Había de seguirme por propia voluntad, por propio convencimiento de que mi forma de ver el mundo era la correcta.
¿Cómo conseguirlo?
Puesto que era capaz de controlar gobiernos, había de ser capaz también de controlar aquellas instituciones que controlaban legalmente estos gobiernos. El problema principal radicaba en la existencia de diferenciadas instituciones, muchas de ellas inconexas entre sí.
De modo que el primer paso había de ser lograr que todas estas instituciones se aunaran en una sola, cosa difícil incluso para mí.
Comencé por controlar aquellas en que la capacidad de voto era atribuida en función de la cuota que se pagaba como miembro. Dada mi enorme fortuna, no resultó complicado conseguir que mi país deviniera la potencia con mayor derecho a voto.
Resultó que, después del control infrasocial, estas instituciones eran las que ejercían mayor influencia en el Mundo, puesto que maniobraban a escala global, conformando según conveniencia de los países “con más derecho a voto” las economías del planeta.
Por supuesto, existían instituciones alternativas, tanto oficiales como informales. Las primeras no supusieron grandes dolores de cabeza, puesto que si controlaba las más importantes a escala económica, el resto habría de adaptarse sin remedio a mis directrices, so pena de quedar excluidas de la futura conformación global, que eliminaría las fronteras y uniría todos los países en uno.
Las segundas resultaron un tanto más complejas de varear. Lamentablemente, existían demasiadas de estas organizaciones, cada una de ellas con no menos razones que las otras para esgrimir sus recursos al orden existente y a cualquiera que se quisiera instaurar, sobretodo si este instaurador era un empresario sin escrúpulos que lo mismo te vendía perchas, que ponía un fusil en las manos de un crío.
El camino a seguir era la eliminación de todas estas organizaciones, principalmente de aquellas que no dependían de las subvenciones estatales. Se había de dejar sin embargo una o dos de estas instituciones para que la gente tuviera una vía de escape ante posibles problemas. La existencia de éstas estaría siempre bajo tutela de los organismos oficiales, es decir, bajo mi tutela.
La desorganización e incoherencia que reinaba en la gran mayoría de estas instituciones informales, facilitó lo que me temía iba a ser trabajo de negros. Se tuvieron que apretar muy pocas clavijas para que éstas cayeran por su propio peso. La idea principal fue mantener aquellas dos o tres organizaciones plenamente coordinadas y forzar la marcha de los miembros de las otras a éstas. De este modo, teníamos todos los ratones en jaulas específicas y bien controlados. A partir de esta consecución, doblegar a los miembros de las más importantes organizaciones no iba a ser sencillo, por lo que ni siquiera lo intenté. Tenían tan arraigadas sus creencias que opté por aprovecharme cuanto pudiera de ellas, en lugar de luchar en contra. De este modo, conseguí canalizar las protestas de estos miembros hacia mis métodos, mediante la consecución de proyectos humanitarios, de educación, sanitarios, y un largo etcétera. Firmé hasta la saciedad (no sin cierto regusto irónico) tratados de compromiso para luchar contra el tráfico de armas, que hacían posible que continuaran en vigor guerras cuyos motivos ya se desconocían, guerras que suponían la desaparición de más de un 3% de la población mundial cada década. Me comprometí asimismo a zanjar toda actividad explotadora, como por ejemplo mis sucursales de juguetes en Malasia y a garantizar el respeto de los derechos humanos.
El éxito, aunque no total, si fue notable. En pocos años logré que la existencia de estas organizaciones se redujera a una única, de la cual yo era el principal gestor.
La gente comenzó a asimilar los nuevos cambios en el orden mundial. Mi figura se revalorizó, esta vez dentro del marco legal, por lo que mis negocios alternativos los ejercía ya más espaciadamente y por mera diversión.
Seduje a los sectores más pobres con agasajas y baratijas, simples hechos simbólicos que mejoraron sus situaciones muy poco, pero la clave fue hacerles creer que habían sido afortunados al inmiscuirse en esta nueva era.
Lentamente, pero sin tiempo para pausas, se comenzó a gestar uno de los proyectos que tenía en mente desde mi “alzamiento” al trono mundial. Logré que se conformara un gobierno global, que absorbiese todas y cada una de las sociedades existentes bajo una misma doctrina. No resultaba fácil, ya que se habían de tener en cuenta aspectos que nada tenían que ver con el dinero, mi principal fuente de vida. Aplastar culturas e identidades, sumirlas en una nueva corriente ideológica y social, la mía, suponía un esfuerzo y una cantidad de tiempo que no podía ser asimilado, sino fuera porque, gracias a los avances de la ciencia médica, logré perpetuar mi longevidad a lo largo de más de dos siglos.
Vencida la batalla del tiempo, no tenía más que seguir paso a paso, insistiendo cuando había de hacerlo, dejando madeja cuando era necesario, aguardando acontecimientos, o provocándolos. Mi paciencia dio sus frutos. Conseguí lo que parecía imposible: el pensamiento único. Todo el planeta seguía unos mismos valores, una misma ideología. Me convertí finalmente en el dictador mundial que siempre había querido ser.
Tenía el Mundo en mis manos tanto a nivel oficial, como a nivel infrahumano. Ninguna voz se alzaba contra mis opiniones.
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