miércoles, 18 de agosto de 2010

Una entrevista más

Mi enésima entrevista estaba concertada a las 11.30h.
A las 11.15h ya estaba allí, señal inequívoca de que algo intangible no marchaba bien.
Decidí seguir el protocolo habitual y mostrar mi faceta menos colaboradora, pero más afable y formal. No quería correr el riesgo de acabar contratado.

Como buena multinacional, me condujeron a una sala aséptica, blanca y con un ventanal entrecubierto que pretendía inspirar sosegación por los cuatro costados. Suele pasar en aquellas empresas que menos pagan: el dinero se invierte en el engaño y no en la utilidad.

Tras esperar los quince minutos de rigor, característica común que se repite en bucle indefinido entre el mando intermedio, subgénero "salvaempresas", penetró en la estancia una mujer cuarentona, terriblemente orgullosa de su paupérrima posición, y, con profesionalidad estudiada y falsario candor, se presentó bajo un estúpido nombre que no tardé en olvidar en pocos segundos.
Puse todo mi empeño en demostrar lo poco que me interesaba la situación, recurriendo a los clásicos bostezos encubiertos, las miradas perdidas, las pausas sutilmente alargadas y un tono monocorde y ajeno a cualquier predisposición entusiasta.

Lamentablemente, salí del edificio con la certeza de que el puesto era mío, por lo que decidí no utilizar el teléfono durante unos días.

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