domingo, 1 de agosto de 2010

Perchas (5)

Al igual que en mis tiempos de juventud, elaboré un plan de empresa con los restos que mis hijos no habían tenido tiempo de dilapidar. Ante la situación de caos mundial, decidí retomar mi viejo hábito de traficante de armas, pero esta vez opté por la legalidad encubierta, y reconvertí una de las desaprovechadas fábricas de mecánica, en una considerable fuente armamentística. Gasté hasta la última gota de lo que me habían dejado en contratar personal cualificado y técnico, cosa que no resultó complicada, ya que la cuota de desempleados rozaba el 35%. Tras cierto tiempo la fábrica resurgió de sus cenizas, obteniendo más rápido de lo que creía beneficios, pues no había contado con la creciente demanda de armamento que ahora también procedía de los países ricos.
El problema del tiempo era un escollo insalvable, pues mi vejez, al no haber sido tratada durante los años del paseo, era ya irremediable. No tuve que hacer grandes cálculos para deducir que moriría mucho antes de poder volver a reconducir el Mundo. La idea de delegar mis planes en alguien se me antojó difícilmente realizable, pues la diferencia generacional era demasiado patente como para tener confianza en que se realizarían tal y como yo los tenía pensados. Sin embargo, tenía que llegar hasta donde pudiera, impulsado por un sentimiento a caballo entre el rencor y el orgullo.
La sombra de la frustración planeaba de nuevo sobre mi cabeza. Más aún cuando descubrí que mi total aislamiento del mundo había hecho que desconociese las claves de funcionamiento del nuevo orden mundial.
Los contactos y las informaciones que me habían llevado a la cima habían quedado obsoletos, arcaicos, inútiles.
Intenté entrar en contacto con nuevos dirigentes, tragándome la rabia y el orgullo bajo su patente incompetencia.
Fue inútil, pues ni ellos mismos sabían lo que hacían.
Logré sin embargo, gracias a horas y horas en los archivos que algunas de las pocas personas inteligentes se habían preocupado de mantener en funcionamiento, conseguir información, poco fiable, pero al menos orientativa, sobre la nueva conformación mundial.
El continente único que había existido en mi época se diseminó en cuatro partes más o menos equitativas. Se crearon a su vez cuatro gobiernos independientes entre sí, que entraban constantemente en conflictos armados para poder expandirse, pero el equilibrio de fuerzas era tal, que ninguno prevalecía sobre los otros, y se producía una desesperante situación de sangriento empate.
Contra estas situación cruenta habían resurgido viejos movimientos sociales en contra de las instituciones oficiales, por permitir, financiándolos, estos combates sin sentido. También en contra de los mismos gobiernos por su estúpida ceguera política y bélica.
Los movimientos religiosos también habían sufrido escisiones del que había creado yo. Existían principalmente tres dioses distintos, con su propio culto, amén de un movimiento humanista que, con gran satisfacción por mi parte, recuperaba parte de aquel ideal característico que quise fomentar.
En cuanto a situaciones no oficiales, logré encontrar clasificaciones sin demasiado fundamento de los negocios sucios que más imperaban en la época. Aparte del rentable tráfico de armas, había recobrado vital importancia el de drogas, recuperando ciertas zonas del planeta el poder que habían perdido mucho tiempo antes, y constituyendo principal fuente de financiamiento “no oficial” de dos de estos gobiernos que te mencioné antes. El resto de acciones ilegales se limitaban a pequeñas refriegas entre pequeñas mafias de carácter local o regional, pero con una influencia delictiva escasa.
Lo que si me interesó en sobremanera fue la instauración de nuevos mecanismos de defensa. Se crearon cuerpos especiales que aunaban policía, bomberos y ejército. Estaban conformados por hombres todo terreno que no tenían más miedo que de ellos mismos. Pensé que si era capaz de hacerme con el control de uno de estos cuerpos (existían cuatro, uno por gobierno) podría albergar alguna esperanza de cambiar de nuevo el Mundo. “Dadme un puñado de hombres que no conozcan el miedo y dominaré el Mundo”. Esta era una frase que había oído no sé dónde y que ahora cobraba algo de sentido.
No necesitaba más para poder comenzar.

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