cuyas reglas aprendes
si saltas a ella
y la juegas a fondo
Frank Herbert
Cuando somos buenos, nadie nos recuerda.
Cuando somos malos, nadie nos olvida.
Jason Mariner
Todo gran camino comienza con un pequeño paso
Confucio
La cordura no depende de las estadísticas
George Orwell
No sé quién eres, y tampoco me importa.
Ante la desolación que me rodea en forma de absoluto vacío, el hecho de tener alguien en quien depositar renovadas esperanzas, aunque ese alguien sea una ficción, o, cuanto menos un ente que no puedo ver, sentir, y que ni siquiera puedo adivinar si existe o no, resulta motivación suficiente para considerarte un amigo al que puedo narrar como he conseguido arrasar con
No te voy a explicar toda mi vida, ya que ésta no tiene nada de particular. No soy aquel tipo que se “ha hecho a sí mismo”.
Nací siendo ya hijo de un personaje importante en el mundo de los negocios. Mi padre tenía montado un verdadero paraíso mercantil, en base al objeto más simple que se te pueda ocurrir, y, por tanto, más necesario en esta vida: perchas. Lo primero que puedes pensar es que la construcción de estos enseres resulta tan extremadamente barata que es impensable que alguien pueda alcanzar cotas de considerable popularidad en asuntos de mercado. Sin embargo, mi padre siempre fue así, era capaz de llevar adelante negocios más insospechados que vender polvorones en el desierto. No sólo fue capaz de ganarse la vida con su fábrica de perchas, sino que, además, se la ganó con holgura, diversos almacenes, dos residencias y numerosas amantes, incluida mi madre.
A su muerte, nada trágica por descontado, sus negocios pasaron, tras alguna que otra disputa con otro par de hijos bastardos que aparecieron para participar en el testamento, a mis manos, no sin gran alegría por mi parte.
Mi primera medida como dueño fue hacer un reajuste de plantilla, esto es, despedí a todos los trabajadores que habían colaborado tantos años con mi predecesor, sin excepción alguna. Segunda medida: contratación de sangre nueva, publicistas, material técnico, economistas.
Elaboramos un plan de empresa, que acabara con ese entorno pseudo-familiar que existía, para dotar el negocio de mayor competitividad, por tanto, para cimentar las bases de la nueva época en la expansión absoluta y sin miramientos.
Así pues, comenzamos una carrera salvaje en busca de nuevos e importantes clientes que satisficiesen nuestras ansias de poder y fortuna.
Los viejos clientes de mi padre se mostraban reacios, cuando no desconfiantes ante el nuevo cariz que había tomado la empresa. Muchos de ellos, canosos y acomodados en la rutina de su futuro retiro, rompieron sus relaciones con nosotros. En menos de dos meses había logrado perder la práctica totalidad de la cartera que había costado años de trabajo a mi padre conformar.
Mis asesores no paraban de aconsejarme que incidiera en campos de la sociedad aún no explorados, mercados, según ellos “encerrados tras el velo de la ceguera racional”. Dada mi hijoputez extrema, pero la marcada falta de vocabulario que sufría, después de consultar un par de diccionarios, decidí aventurarme en terrenos en los que mi padre no había ahondado profundamente.
Probé con el deporte, procurando conseguir exclusivas, en cuanto a perchas se refiere, de todas las instalaciones deportivo-lúdicas en o por construir. La idea resultó, llegando las primeras ganancias netas.
Pero nuestro objetivo, mi objetivo, apuntaba más alto que limitarme a conservar exiguos (benditos diccionarios) beneficios.
Seguí adentrándome en numerosos ámbitos, con notables y/o vergonzosos fracasos. Hasta un buen día en que, tras chocar con una farola al caminar distraído por las piernas de una valla publicitaria, me vino a la mente el más rentable de los campos sociales para un vendedor de perchas:
No hay comentarios:
Publicar un comentario