domingo, 1 de agosto de 2010

Perchas (6)

Gracias a los contratos que iba consiguiendo para surtir de armas a cada uno de los distintos gobiernos, entré en contacto con cada uno de estos grupos especiales. Comencé tanteando a los miembros de menor rango. Por definición todos eran fanáticos y/o mercenarios. Ambos servían para mis objetivos, pues el mercenario se movería por dinero, y de eso tenía, y el fanático podía ser reconducido y explotar ese fanatismo a favor de mis intereses.
Los mandos intermedios eran más duros de roer. La mayoría era lo que denominan “Hombres de Honor”, y sus creencias estaban fundamentadas en la lógica más aplastante a la que me había tocado enfrentarme en mi vida. Más allá del dinero o el romanticismo, conservaban un código ético que resultaba prácticamente inquebrantable.
Así pues decidí lidiar con los miembros de más alta graduación que, como había esperado, eran los más realistas y escépticos y con los que mejor se podía negociar dado que sus ambiciones no se quedaban atrás con respecto a las mías. Aún así, no estaban dispuestos a comprometerse inicialmente en un proyecto de tan vasta factura, por muchos beneficios económicos y de posición que les supusiera. Estaba, por otro lado, la cuestión de colaborar con el enemigo: ninguno quería aliarse con ninguno, puesto que la desconfianza era extrema y se sabían todos sin un mínimo atisbo de escrúpulos. Tuve que hacerles ver la situación desde otros puntos de vista, tales como la necesidad de recuperar aquellos valores de antaño, para liberar al Mundo de la hecatombe que le esperaba y demás estupideces retóricas. Pero el elemento clave que les decidió a apoyarme y a coordinar sus acciones entre sí fue cuando les hice entender que, si teníamos éxito, sus cuerpos y, por descontado, ellos mismos devendrían amos del Mundo. Les costó asimilarlo, se mostraron reticentes hasta el final, pero la ambición pudo más que su prudencia, por otro lado exagerada, y finalmente comenzamos a elaborar estrategias para evitar derramamientos excesivos de sangre.
El plan era tan sencillo que incluso daba risa. Coordinamos cuatro golpes de Estado simultáneos en los cuatro continentes. Los respectivos gobiernos reaccionaron contra sus homónimos de forma tan salvaje que incluso nosotros mismos nos vimos sorprendidos. La operación se nos escapó de las manos. Mi excesivo ego, unido a mi falta de prudencia, producido quizá por la edad tardía de mi cuerpo, de mente aún joven me hizo olvidar que en estos años que había estado ausente, el armamento había evolucionado por encima de lo que yo recordaba. Nuestros voluntariosos ataques fueron repelidos con más facilidad de la que nos pensábamos. En represalia, cada gobierno comenzó un ataque brutal contra los otros. Miles de murciélagos de fuego, ardillas de sangre y pelotas de tenis negras surcaron los aires enrarecidos por un hedor de muerte y destrucción.
En pocos meses, la población mundial se vio reducida a 1/3 del total. En pocos años, conformaba sólo el 9%.
Los supervivientes de aquellos escuadrones que había enviado a la muerte me buscaron hasta quedar agotados. Tuve la mala suerte de que no me encontraran.
Volví a pasear, no tenía nada más que hacer que esperar a formar parte de esa lista de bajas de más del 90%.
Poco a poco fui vadeando por caminos cada vez más vacíos. Pueblos, ciudades, carreteras…


Estoy cansado viejo amigo. Estoy muy cansado. Escribo esta carta en medio de un llano seco y despoblado, bajo un Sol de incandescente negrura que abrasa mis ya fatigados ojos. Quizá nos veamos algún día. Quizá no vuelva a ver nada más que esta oscuridad amarga que me envuelve. Quizá mi reflejo vuelva a mi lado y me lleve de la mano a coger cerezas bermellonas a la luz de nuestra desaparecida Luna.
No sé lo que pasará de ahora en adelante. Ni me importa. Yo cambié el Mundo y yo lo destruí. Y no me arrepiento de ello, pues si la naturaleza ha permitido que gente como yo exista, es porque la raza humana no tiene nada que ofrecer salvo sufrimiento a sus semejantes. Yo he logrado mi hueco en la Historia y eso es algo que no se olvidará nunca.


Hasta la vista compañero.

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