Hola a todos.
Todo ha ido muy rápido. Ya estamos otra vez en casa, con las rutinas, los horarios, noticias, periódicos. Familia, conocidos, amigos, compañeros… ya estamos otra vez intoxicados, pues.
Mandé el SMS con la credulidad de ir al Camino, sí, pero creo que intentaba reafirmarme en que a mí nunca me tocaban ese tipo de cosas. Lo cierto, es que era escapar lo que quería. Siempre quiero estar donde no estoy.
Recuerdo la soledad del metro de Madrid ese viernes por la mañana. Estaba atestado de gente, pero era soledad lo que sentía. A pesar de las herramientas que tenemos para comunicarnos, la soledad crece y crece en las calles. Hasta el último momento podía haber renunciado a todo, pero las incertidumbres están para comérselas con patatas.
Después de las mínimas presentaciones de rigor, me vi envuelto en la influencia de Chisco, de Mireia, de Virginia, de Andrés, de Juan Antonio, de Arturo… y Adriano, aunque estuviera durmiendo.
Estaba feliz y expectante. Me atraía estar rodeado de tanta gente extraña, pero tomármelo como una puerta entreabierta para que la gente fuera pasando a mi vida me atraía todavía más. Eso fue lo primero que me desconcertó (y me gustó). Me fijé también que todo convencionalismo social se fue diluyendo. No importaba de dónde venías, ni si te ganabas bien la vida, ni si tenías o no familia, o si estabas en paro. Como dice mi amigo Jesús, solo podíamos poner sobre la mesa nuestra persona, nuestro corazón y lanzarse a pecho descubierto.
Recogimos a Marcos y a Jesús antes de llegar a Vega de Valcárcel. Dos grandes compañeros y amigos. Buena gente de verdad.
Antes de continuar quiero recordar lo emocionada que estaba mi amiga Mireia al comprobar cómo la gente se movilizó para ayudarle a encontrar un calzado en condiciones. Ahí, justamente ahí, me dí cuenta que aquello iba en la buena dirección. Luego, su alegría se contagió al resto, y fue como romper el hielo definitivamente. La gente se relajó, dispuesta a reír, a compartir, a disfrutar…a fin de cuentas, lo que más une a la gente es eso, la superación de los malos momentos.
La primera noche dormimos en el Ritz. Aunque le faltaba alguna estrella, no fue mal del todo. Sobre todo a los que durmieron con tapones, porque para el resto hubo concierto en La menor. Primeras risas que luego se fueron convirtiendo en carcajadas, luego compartir las duchas, primera cena con huevos para Chisco, que parece que los pidió desde Córdoba…
Quiero hacer hincapié en el hecho de que se sumara Ervigio, que llegó desde Zaragoza, con un entusiasmo que ya querríamos muchos. Llegó en autocar un señor de 69 años de Zaragoza, en lugar de estar leyendo el Marca, o jugando a la petanca, o qué sé yo. Desde el primer momento quedé absorto con su forma de hablar, sus ganas de conversar, su humildad a pesar de las marcas del tiempo en su piel y experiencias vividas, sus ganas de seguir aprendiendo y escuchando a gente mucho más joven que él. Y, sobre todo, que no se le notara que de la mitad de las cosas que le decíamos ya las sabía, que estaba de vuelta. Qué paciencia, y qué gran señor.
Llegó el día de empezar a caminar y fue el peor de todos. Bajo un sol justiciero, que parecía poner a prueba nuestra resistencia y, además, el primer día. Aún no estábamos en forma (bueno, Jesús sí), y entre eso y el desnivel la cosa no fue lo que se dice un camino de rosas.
Llegamos a O Cebreiro. Cervezas, souvenirs, comentarios sobre el estado de las piernas. Aquí, antes de llevarnos al primer polideportivo en Piedrafita, Nacho Ares empezó a ser motivo de chismorreos por parte de todos. Qué ilusos. Vendimos la piel del oso antes de tiempo. Con el tiempo se vio que, con sus particularidades, como todos nosotros, (cola cao a todas horas incluido), es un tío de puta madre. Que además, hace mejores a sus compañeros de profesión. Aunque esto último es una apreciación personal, claro.
Esa noche ya empezamos a dormir con colchonetas en el suelo ¡sin estrenar!. Todo un lujo, y todo un detalle de la Ser. No se sabe bien por qué (bueno, sí), pero los roncadores se fueron alejando de la masa. Así ellos también dormirían mejor (je,je,je), y todos contentos. Esa noche, como todas, me pasó rápido, pues enseguida amanecía. ¿O nos acostábamos muy tarde?...
… al tener un despertar tan lento, me tenía que armar de valor para levantarme de la cama. Perdón. Del suelo. Pero allí estaba la cotorra de Chisco haciendo de las suyas para darme un empujón. Y otra cosa importante, y de acuerdo general: la gente que nos daba de comer… daban ganas de comérselos a ellos de lo buena gente y geniales que eran. Mayte y Valentín. ¡Qué alegría tenían! Así deberíamos ir al trabajo todos. Dos cracks que ojalá la vida les depare mucha suerte.
La segunda etapa, a pesar de seguir el amigo Lorenzo con nosotros, fue bastante más bonita. De hecho, a mí fue una de las que más me gustó. La gente que caminaba conmigo se fue abriendo, charlando sobre cómo arreglar el mundo (¿os acordáis, Marcos y Mireia?), pero lo curioso es que durante el caminar me sentía como flotando en el mar, suspendido en el aire, mecido por el olor de las primeras tierras gallegas, prendado por el bonito color violeta de la ericas… todo fluía. Y a pesar de las ortigas de ida y vuelta, disfrutaba.
De esta etapa sí recuerdo el baile alegre de algunas chicas por la noche en el “hotel”, del díscolo Alberto y, cómo no, de Chiscolín. Faltó poco para que, con el jolgorio, me abrieran la cabeza. Pero Jonás, Mireia, algún otro y el menda, estábamos en otro terreno, más místico. Además de una gran cena en unas mesas de hormigón a la altura del suelo, ropa tendida (algunos empezamos a lavar ese día), ese día hubieron entrevistas a Jesús y a la inolvidable, venerada y genuina Josefina. También hablaron el gran Ervigio y Alberto, éste con gran “alegría”. Hicimos dos juegos en grupo; el primero lo dirigió Jesús, y fue de lo más divertido. Y el segundo Virginia, y fue rocambolesco, y pa´ no parar de reírse.
También me gustaría pararme a hablar de Sara, que empezaba a ser subida a los altares; sus manos eran bálsamo para todo aquel que se acercaba con los pies doloridos. No la conocí demasiado, pero me cuentan que era casi un ángel. Un ángel de lo más alegre y simpático.
De la tercera etapa, para ser sincero, ahora mismo no recuerdo gran cosa. Creo que fue una etapa de varios kilómetros de asfalto, donde entablé alguna conversación con Nacho y Juan Antonio (al principio), y perdonadme, pero poco más…
…aunque ahora que recuerdo, hicimos parada en Samos, donde me hice con unos tapones para dormir. Para ver el monasterio nos pedían 3€. Yo me fui, respetando, por supuestísimo, la otra opción, ya fuera religiosa o cultural. Y fue aquí, en Samos, donde me quedé prendado de la directa sinceridad, cogiendo el camino más corto para decirte las cosas, del gran Jesús. No digo gran por su físico, que también. Digo gran por su personalidad, su corazón, su compañerismo, su vehemencia. Gran compañero, y mejor persona.
A partir de esta localidad, el resto de la etapa (la mayoría) la hice con Andrés y Alberto. Dos chicos jóvenes con ganas de comerse el mundo, que conectaron y me contagiaron su fuerza. Hablamos de mujeres, sobretodo. O de nuestras complejas relaciones con ellas. Y las de ellas con nosotros, claro. Recuerdo también que, parados en una fuente a comer, pasó un chico negro que debía venir andando de Gambia, por lo menos. Fue justo después que a Alberto se le cayera la tapa del bocadillo. En fin, la verdad es que fue una compañía inmejorable.
También recuerdo un oasis en forma de albergue, en mitad de la nada, donde paramos. Creo que bien pudiéramos habernos hecho pasar por mendigos. La verdad es que era bonito de verdad, si.
Esta etapa Jesús no la hizo, debido a una tendinitis. Nos encargó, sí o sí, que le compráramos una chanclas, o algo parecido. Y eso hicimos, comprarle algo parecido: le regalamos unas pantuflas para estar por casa para el frío de Valladolid en pleno enero; Chisco, Mireia, Virginia y un servidor le complacimos en sus necesidades, pero a cambio nos dimos un homenaje a su costa. Del resultado está todo dicho, pero no escrito: la cara de Jesús con las pantuflas en la mano, no sabiendo si la cosa iba en serio, si había una cámara oculta, si darle a Chisco con ellas… tremendo. Ese rato, para mí, fue de leyenda.
¡Ah! Por último, gran frase, genial, del no menos grande culebra:
“Mireya-ya, yo te invito a tabaco, pero yo no voy a ser tu Jefry”. Buenísimo.
A algunos todavía nos quedan según que habilidades, y disfruté liándome tabaco, y después fumándolo en compañía.
También recuerdo el “gag” que montó tito Luis parodiando cuando vamos al banco a pedir un préstamo. Puso la desgraciada realidad en un contexto cómico. Un artista.
Las risas esa noche, fueron incontenibles, (¿verdad, Marcos?).
Me relajaba. Misterios del Camino. A esa alturas, si no antes, ya éramos hermanos.
Como veis, al final me he acordado de algo.
Cuarta etapa: Virginia. Asociaré para siempre Portomarín con ella. Hasta ese día me parecía una chica simpática, sin más. Pero hicimos la mayoría de la etapa juntos y me encantó. Su tranquilidad canaria, su acento, su forma de ver la vida a pesar de su edad, su risa contagiosa. Ella me ayudó a mí, y no al revés, como todavía cree.
Antes, recuerdo que estuvimos parados en km. 100, simbólico, si, pero sucio y pintado. Justo ahí unos perros se pegaron un buen festín con nuestros superbocatas.
Portomarín nos acogió con lluvia. Me pareció muy bonito cruzar su embalse atravesando el puente, lloviendo. Tengo la imagen grabada. Después de subir 30.000 peldaños, enseguida vimos al grupo llenándose el estómago de pulpo, empanada y cerveza. Yo me di un pequeño gran homenaje con Adriano y Chisco (éste que no falte en cualquier fregao, claro).
A media tarde, después de escuchar a Sara hablar con Gemma Nierga en La Ventana, con extrema humildad, algunos pusimos alguna lavadora (esto es una tontería, pero me acabo de acordar y no pienso borrarlo).
Recuerdo que en la cena de ese día, con algo de frío, hablar con Edu, un buen tío de la organización, y con Adriano; el tema era la complejidad de mantener una relación a distancia con otra persona. Edu aparentaba tenerlo asumido, su trabajo es el que es y era lo que había, venía a decir; Adriano lo veía poco menos que inviable, o como mínimo escéptico. Yo escuchaba la conversación, dándole la razón por supuesto a Edu.
En esas estamos.
Ya por la noche, fuimos a tomar una copa a un bar cercano, pero más cercano aún nos pareció Nacho; parecía querer acercarse a nosotros. La verdad, viéndolo desde la distancia, no sé yo cuántos de nosotros se hubiesen atrevido a buscarnos al fondo de aquel bar, con nuestro rollo y cachondeo, y ponerse en nuestra onda. Ese gesto se te valoró bastante, Nacho. Igual que el pequeño masaje en los hombros a Jesús (je,je,je).
También recuerdo estar liándome, por segunda noche, un cigarro para fumármelo con Arturo (¡no hubo persona que, hablando menos, dijese tanto! definitivamente, un crack) y Mireia. Ésta se encontró una especie de cabeza de oca tallada en madera (el descubrir que fuera una oca le ayudó días después un tal Iker Jiménez), que le acompañará bastante tiempo. Recuerdo su cara de felicidad, incredulidad y sorpresa. Existen las señales, debió pensar, desconcertada.
Dormimos bien, en literas, después de ver los primeros vídeos utilizando una pared como pantalla. Todo un gran profesional, aquel Roberto.
Y llegamos a Palas de Rei, en la quinta etapa.
Aquí cambia de alguna manera, la dinámica del Camino. A pesar del recibimiento mutuo en forma de aplausos, todavía creo que el hecho de diferenciarnos por colores la ropa, por ejemplo, ya creó una especie de rivalidad. Mal entendida por los gallitos del otro grupo, pero rivalidad separatista, en suma. Creo que en su psicología de grupo influyó, de manera negativa, el hecho de que su trayecto hasta allí fuese bastante más duro (indudable, sí… aunque la dureza se la pone uno, os lo digo de verdad), y llegaron crecidos esa tarde; si no, ¿a qué vino hacer no sé cuántos kilómetros de más?. En fin. Incluso llegaron a cantar algo así como “es gabacho el que no vote, es…”, ¿os acordáis?. Aunque lo comprendo; seguramente la mayoría de nosotros hubiese actuado de la misma manera en su situación. Casi todos actuamos del mismo modo cuando vamos en grupo.
Personalmente, mi única preocupación era que mis amigos estuviesen contentos, de esa manera lo estaría yo, y que hubiera agua caliente. Lo demás me importaba poco menos que nada… estaba por encima de todo aquel rollo.
En cuanto a la etapa en sí, me encontré de nuevo con Mireia, de modo que fuimos hablando de lo divino y de lo humano. De lo terrenal y de lo etéreo. De lo tangible y del más allá. Cuánto me gustaron aquellas escuchas.
También estuvimos en el único bar cercano que había, en el que había una galleguinha muy simpática, de nombre Lourdes, creo recordar; hicimos unas quinielas (si, quinielas en un bar, como los de antes), tomamos unas copas…y llegaron otros dos momentazos, que diría aquél.
Acto primero. Después de hacer la primera visita a Lourdes, de vuelta, justo antes de la cena, enviamos cual mensajero al ínclito Ferrán a que avisara, a la carrera, a los técnicos, de que iban a presenciar algo realmente gigantesco. La situación es la siguiente:
Ferrán vuelve a la carrera, cumpliendo las órdenes de forma encomiable (aunque casi se cae, lo cual hubiera sido, como poco, indescriptible), y como premio lo manteamos. Él se siente el centro del mundo mundial, como un jugador de su querido Barça. Además nos comunica, compartiendo sus vivencias con nosotros, que hace unos cinco años ya le mantearon… justo cuando está pasando a la acción y se dispone a contarnos también el qué, el dónde, y el cómo le mantearon, le soltamos, dejándolo en el suelo (literalmente)… de inmediato me veo formado en pelotón, a las órdenes del brigada Jesús, corriendo en dirección al polideportivo, con las cámaras como testigo… de esto hay grabaciones y testimonios.
No tengo palabras para escribir aquí lo que me llegué a reír. Lo que nos llegamos a reír. Ese momento fue, es y será legendario en mi vida. Gracias.
Acto segundo. Todo sucedió muy deprisa, a tope. Después de la visita nocturna a Lourdes (la camarera, se entiende), el incombustible Chisco (se me acaban los adjetivos para él), tiene una visión: resulta que desde la carretera que lleva al polideportivo, se oye música, mezclada con risas femeninas. Y es entonces cuando nos hace su gran revelación vital: se conoce que el “APOSTO” le dice que no tire las cervezas que lleva en la mano, que con ellas entrará triunfante al polideportivo, y que las mujeres allí presentes se rendirán a sus pies…
… ”¡Aguántala, Chiscolín!” es la frase que le llega del “APOSTO”, y él, obediente y lleno de vida y de fe, nos relata con detalle ese instante para la eternidad…
Jueves, 6ª etapa.
Ésta fue la etapa más larga. Las fuerzas iban menguando, pero la moral funcionaba a la inversa. Si no recuerdo mal, recuperamos efectivos: Jesús y Marquitos volvieron por sus fueros. Me acuerdo de un chiringuito que parecía playero, de nombre andaluz, donde nos tomamos unas coca-colas. Esto era en Furelos. Justo antes, el maestro Adriano me soltó una de sus genialidades. Le enseño el que para mí, es el sello más bonito de todo el Camino, de la parroquia de San Juan. Que resulta ser un Cristo, con la particularidad que unos de sus brazos está descolgado de la cruz… pues le enseño yo la divisa con toda mi ilusión y mi emoción y me dice: “¡si se está haciendo un mate!”.
Por cierto, en esta etapa, si uno no se paraba a comer pulpo en Melide es una casi ofensa a lo que es el Camino. Y, la verdad, estaba buenísimo. Con su ribeiro y su exquisito pan. Y un queso del que no recuerdo el nombre, pero que por lo visto era autóctono. Alguno predijo que no volvería a probar pulpo hasta que se le olvidara hasta el nombre, así que se intuye que lo cató sobradamente. Qué buen rato pasamos. Menos Arturo, el pobre, que dijo que le gustaba pero que no lo probó porque le producía alergia. En minutos, por lo visto, se curó allí mismo. Lo que vino luego también es digno de explicar.
Íbamos chispaos, con el estómago pulpeando y machacados del piso. Pero aunque quedaba más de la mitad del trayecto, los cobardes (Ervigio y Luis), se vinieron abajo y decidieron continuar la ruta, no fuera a ser que perdieran tanda en la ducha. Los demás, atentos a los arcenes, aceras y jardines, divisamos un césped tierno, ni seco ni húmedo, con la inclinación justa (por leve) que invitaba a soñar… caímos en plomo. Como también fuimos a caer en las cámaras de fotos de los guiris: “¡la siesta!”, oímos decir algunos, entre brumas, tormentas, pulpos y demás.
Nos sentíamos felices, protagonistas anónimos. Y frikis, porqué no. Reanudamos la marcha con bastante retraso, después de cafés y fotografías.
En el final de la etapa, Mireia, el pies de pato y yo, fuimos a muerte, recogiendo cadáveres de los dos bandos; de azules y de rojos. Llegamos pletóricos, triunfantes al punto de destino. La siesta friki había dado resultado.
Otro pequeño (gran) aliciente era que teníamos la seguridad de dormir en colchones, y durante los tres últimas noches, en el mismo sitio. Hicimos un pequeño campo base. El ejemplo a seguir fue Alberto.
Nos fuimos colocando en habitaciones de 4 literas, y fue un gozo (por eso se llamaría así el monte, por los colchones).
Por cierto, esa tarde, a parte de lavar, algunos conocieron a Gemma Nierga, muy dulce y muy accesible; mediática. Y muy agradable. En su sitio, vaya. Recibió saludos, atropellos y hasta reverencias. Se asomó a la enfermería, saludó a varios…nos hicimos las fotos de rigor con ella sin dejarse de proteger la garganta. Los gajes de su oficio: hablar.
Penúltima etapa.
Ya es viernes, y a alguno se le ocurre acordarse de lo poco que queda. Tiene que claudicar, le recordamos que aún queda el finde entero.
Ese día estamos pletóricos de fuerza, la gente está ya en plena forma y camina lo que haya que caminar. Vemos degollar gallinas por el camino por mujeres del campo gallego; si hay que ser hombre para acercarse a ellas… imaginaos casarse… no, no os lo imaginéis. Perros inmersos en la locura de estar toda una vida atados a una cadena, ésta atada a un tejado, y él dando vueltas formando un círculo perfecto. Tenían surcos hechos en la tierra de sus carreras. Sus caminos son indefinibles. “Ni quiero ni debo mirar, por mi salud mental”, recuerdo que pensé. Debido a algún mal entendido, estamos en la terraza de un bar unas dos horas. Asistimos al programa de La Ventana, después de ¿caminar? con Gemma y Juanjo Millás. Las cosas de la radio. De aquel rato recuerdo lo bien que olían los eucaliptos.
Escuchamos la entrevista al presi de la Xunta gallega, Núñez Feijóo. Vimos y escuchamos la radio por dentro. Todo muy profesional, como debe ser, además. Alguno de cada grupo le preguntó al presidente gallego, pero hay una chica del equipo rojo (primitivo), que le puso el dedo en la llaga bien, al amigo. Pero como político que es, se escapa bien. Utiliza la tangente.
Por cierto, quiero recordar que entablamos conversación irónica con dos compañeras del otro grupo que siempre iban a su aire, y la verdad, nos dio pena conocerlas tan tarde, porque eran muy simpáticas. Lo siento, pero no me acuerdo de sus nombres. Parecían hermanas, eso sí. Lástima que se delataran por el diferente acento que gastaban.
Los más impacientes nos saltamos la tercera hora. Un autocar nos llevó al Monte do Gozo solamente a 6 personas. Pues eso. Un gozo: las duchas para nosotros, los retretes limpitos (aunque eso sí, como sudaras en el supremo acto, salías con la cara verde, que era el color de las puertas. Ya sabéis el porqué. Y hasta aquí puedo leer, que diría aquella), anchura en las habitaciones… luego supimos que había estado hablando Iker Jiménez con Gemma, pero nos daba igual, mañana le conoceremos entre nichos. En su terreno, vamos.
Esa noche cerramos el bar del complejo. Nos dieron las copas de plástico, como en la ferias. No echábamos pinta de ser de fiar, imagino.
Después de cenar nos quedamos riendo: Luis, Andrés, Alfonso, Chisco, Jesús, Alberto, Adriano, Arturo con su uña disecada, Ervigio, Mireia, Virginia, Marquitos…(seguro que me olvido de alguno).
Recuerdo oír a lo lejos risotadas de fondo, mientras pongo toda la atención posible en las técnicas de reiky del tito Luis. Un gran tipo, con una gran sensibilidad y un saber estar continuo y permanente.
Última etapa.
Bueno. Esto ya va en serio.
Decidimos terminar hoy, relajarnos en la noche santiaguiña, disfrutar de las últimas horas juntos…son unos 17 km hasta la entrada de Santiago, y luego unos 4 hasta la catedral.
Entramos en Santiago. Entré con Chisco, Mireia y Jesús. Todos teníamos la sensación de indefensión ante el mundo real, el otro mundo (del que, por cierto, todos provenimos, pero, paradójicamente, no nos garantiza seguridad, y ni mucho menos inmunidad): autopistas, tráfico, zanjas, semáforos, autobuses, obras, amplias avenidas… dejábamos de tener contacto con la tierra en pocos minutos (¡arriba los macetohuerteros!), y sentíamos un pellizco en el estómago de pánico.
Recuerdo saludar a Ervigio a unos 300m. que iba delante, con paso firme. Poco a poco las fachadas se iban volviendo oscuras. El asfalto da paso al adoquín, y las avenidas de tres carriles dan lugar a calles cada vez más estrechas. Antes de atacar a la catedral, decidimos esperar a los rezagados tomándonos unas cervezas. Además, saborearíamos con tranquilidad esos últimos metros.
Ya estamos todos. Entramos en el casco antiguo, que es zona peatonal. Vemos llegar a María José y Luís. Es en ese momento cuando empieza la magia, la mística. Lágrimas de emoción, abrazos sinceros, todas las ventanas abiertas del alma…
…me emociono hasta el extremo cuando veo a Luis abrazado, de rodillas, a Chisco, también de rodillas. De momento me consuela Jesús. Aunque dudo que estuviera menos emocionado que yo. Poco a poco vamos entrañando la plaza. Hay gente, pero no demasiada. No hace frío. No hace nada.
El instante de entrar a la plaza, abrazarnos todos con todos y ponernos a llorar, fue eso, en un instante. Recuerdo el agotamiento que sentí a continuación, la tensión expulsada de mi cuerpo, la sensación de plenitud, la enorme y descomunal alegría de ver a la mayoría de mis compañeros, que tanto habían sufrido físicamente, de verlos allí, en éxtasis, pletóricos, llenos de vida. No tengo más adjetivos. Me sigo emocionando al recordarlo.
Luego nos fuimos a ver la catedral, a que nos dieran la compostelana (¿Compostela, Mireia?); al salir, nos encontramos al caminante y elocuente Rafa de Villena, a Ferrán, al gran Ervigio, a Alfonso el asturiano, (Y ALGUNAS DE LAS CHICAS DEL GRUPO B!!!!!!!!!!!!!)… no sé ni cómo me acuerdo de todo esto, porque en aquel momento no creía tener constancia de estar allí. Estaba como en una nube…
Recuperamos fuerzas en un bar donde, como siempre, acertó Jonás-google (es un cumplido, no te enfades). Recuerdo que llamé a mi chica desde el umbral de la puerta del bar para decirle que ya habíamos arribado. Pero lo que quería era compartir un poquito de aquello con ella. Estaba exhausto.
Anocheciendo fuimos a conocer a Iker y su tropa. En lo que fue un cementerio, hoy convertido en parque. A Chisco no le hacía nada de gracia, porque lo esotérico le da verdadero pavor, (como el café y el huevo a la vista). Para mi gusto el programa fue un poco peñazo, aún reconociendo que es un gran profesional. Pero no me interesaba demasiado. Hablaron el bonachón de Marquitos, la dulce Mireia, Luis, Ervigio. Enseguida nos dispersamos por la noche gallega.
Intentamos sintetizar conclusiones, valorar lo mejor y lo peor de lo vivido en aquellos días, hicimos reflexiones en voz alta… teníamos la sensibilidad a flor de piel; eran ríos y ríos de sensaciones. Era demasiado intenso lo vivido y experimentado. Nos superó, (afortunadamente), sin duda. Recuerdo que anotamos en un papel como, en una palabra, nos definíamos los unos a los otros. Tomamos cacique (por orden de Andrés), chupitos de crema de orujo (buenísimo, Alberto).
¡Ah! Se intentó hacer un simpa, pero no coló.
Luego, en la habitación, Sara pudo conocer por medio de Chisco, a los que a las 10 de la mañana estaban “funsionando” a pleno rendimiento. Entre ellos, José Peinado y Jonás, técnico de sonido (éste estaba haciendo horas extras). Del resto no me acuerdo. (¿lo hubo?).
Último día
Dormimos unas tres horas. O dos. O ninguna, como el pies de pato-CR9. Nos levantamos más temprano que nunca, había que estar con Montserrat Domínguez en “A vivir que son dos días”, su programa. Habló Chisco menos de lo que hubiéramos querido, pero habló estupendamente y con mucha felicidad.
Y llegó el primero de los momentos que a mí, e imagino que a otros, nos daba pánico: se iba el primer autocar. Y habíamos despedido a algunos que se iban en avión, pero lo del autocar tenía una carga simbólica. Además, se fueron dos de mis colegas: Jesús y Andrés, ese malagueño tan buena gente. Transparente, humilde y atento. Así lo vi yo, y así te recuerdo, Andresito. (Por cierto, aún no nos han pedido la revancha al futbolín, aquellos dos que ya saben).
Más lágrimas. Entre el día anterior y este domingo, yo creo que ya he cubierto el cupo para años, espero. Porque luego me pasa que es que me agoto, de tanto llorar. Me quedo como vacío, sin fuerzas. Qué raro soy.
Después estuvimos haciendo tiempo en los aledaños del la catedral, esperando a que llegara el momento que el resto nos subiéramos al segundo autocar. Me sentía fatal en mi interior; quería desaparecer ya. Si hubiese podido chasquear los dedos y hacerlo lo hubiera hecho. Me sentía como un reo esperando el alba para el momento final. Esperar la hora para sufrir una despedida agónica. Era uno de esos “hasta luegos” tan manidos y a la vez tan extraños…más lágrimas.
Nos despedimos a pie del autocar, entre sollozos, abrazos, besos… emociones únicas, de esas que te marcan para los restos, inolvidables. El remate final fue cuando Mireia me regala el palo que utilizó en su Camino. Fue todo un detalle, compañera.
Para mi fortuna, Alberto, Luis, Marcos, Chisco, Jonás, Ervigio…y alguno más igual de importantes para mí y que no recuerdo, me hacen que la vuelta no sea un Via Crucis. Pero es que recuerdo que hasta Chisco estaba ya de bajón. Entre agotamiento, tristeza, vuelta al mundo… estábamos en tiempo de descuento.
Entablamos relación con varios del grupo primitivo en ese viaje de vuelta, y me reafirmé en que todos (o casi) los del grupo francés hubiésemos actuado de igual modo si hubiéramos ido a parar al otro grupo, allá en Madrid. Y, por descontado, a la inversa. Cualquiera del grupo de ellos podría haber encajado perfectamente en el nuestro. Ya digo, todos estamos hechos, (mayoritariamente), de la misma materia prima.
Después de dejar cerca de sus lugares de residencia a Marcos, a Luis y a Matilde, vamos llegando a Madrid; pero por lo visto el conductor se deja llevar por unos de esos inventos que nos inhiben el pensamiento, dejándose llevar por sus indicaciones. De modo que llegamos a la estación de Atocha dando un rodeo innecesario. Bajamos del autocar. Hay más despedidas, pero con menos lágrimas.
Una vez dentro de la estación, nos despedimos de Ervigio, Arturo y Alberto. Recuerdo la imagen de éste, mirando al suelo tratando de que no le viéramos lagrimear, alejándose y perdiéndose entre el gentío.
Ahí, justo ahí, para mí, terminó el Camino.
Luego vino la anécdota de Chisco (otra). Se va a la carrera hacia el AVE, pero lo esperamos sabiendo que lo había perdido por cinco minutos… y pensar que el “espabilao” del conductor utilizó más de una hora para llegar a Atocha.
A Chisco (mi amigo Chisco), que cambió el billete por el primero del día siguiente, le invité a que pasara en casa la noche. Para mí era del todo imposible que se quedara allí hasta el día siguiente. Eso sí, no cenó nada ni desayunó nada. Sale barato, os lo digo yo. Al día siguiente lo llevé a la estación y a media mañana ya estaba con sus ocupaciones.
Alguien me preguntó que qué hacía yo allí, en el camino. Ni siquiera intuía que hacía yo allí. Supongo que escapar. Coger aire. Oxigenarme. Llenarme de vosotros. Escapar del sistema, de las reglas de juego, de las normas establecidas. Pero siempre tengo la contradicción de si soy lo suficientemente conformista o no con el sistema, o por el contrario, es que lo soy o dejo de serlo conmigo mismo.
Necesitaba un paraguas; de hecho, todos vosotros fuisteis mi paraguas con el que me protegí de la especie de lluvia tóxica que es el mundo actual.
No sé si me he extendido demasiado o no, pero esto ha sido, o mejor dicho, esto es (porque siempre os llevo conmigo) en esencia, mi Camino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario