"Ya llegué a Santiago”.
Con esta escueta frase decidí informar, por SMS, a mi gente de que había logrado el objetivo. No bastaba más, ellos sabían lo que significaba: había llegado a la ciudad compostelana después de dos vanos intentos anteriores en los que el Apóstol o el Destino me había impedido entrar por mi propio pie en Santiago de Compostela, después de haber salido desde Saint Jean Pied-de-Port, por la lesión de mi cuñada en Hospital de Órbigo en 2007 y por la obligada vuelta a Valencia debido a un, no por esperado menos inoportuno, examen en 2008, cuando faltaban solo cuatro días para llegar al destino.
No sé por qué he decidido comenzar el relato sobre mi Camino de Santiago por el final, por el momento en que llegamos Carmen, Mª José, Josefina, Ángel y yo, a aquel café-bar de Santiago donde nos esperabais la mayor parte del grupo para entrar juntos en la Plaza del Obradoiro, en lugar de hacerlo por aquel día en que nos encontramos todos en la plaza de las Ventas. Creo que puede deberse a la emotividad con la que viví los dos últimos días de nuestro viaje y cuyas imágenes todavía habitan en mi cabeza y siguen emocionándome hasta el punto de hacer asomar aún algunas lágrimas a mis ojos (la verdad es que siempre he sido muy llorona, je,je!).
Además, hoy se cumple un mes desde nuestro regreso, por lo que sospecho que la nostalgia se va a colar por todos los rincones de este relato (“Perdón por la tristeza”, que diría el maestro Sabina).
Me derrumbé al entrar en la Plaza del Obradoiro. Lo tengo que reconocer. Me sentía pequeña, muy pequeña, ante la imponente fachada de la Catedral y ante el llanto de muchos de los que estabais a mi alrededor. Me acuerdo especialmente de Luis y de Chisco, pero también de Mª Jesús que, a pesar de la serenidad que creo que le caracteriza, tampoco pudo abstraerse a la emoción del momento.
Claro que ya había estado antes en la Plaza del Obradoiro, pero nunca había experimentado una sensación parecida. Todavía me sorprende. Recuerdo que me aparté un poco del grupo para poderos observar desde lejos e intentar templar los ánimos y evitar el llanto que me atenazaba la garganta. No lo conseguí. Tampoco lo logré al día siguiente, cuando os fuisteis los primeros compañeros: Mª José, Gladys, Ana y Ángel, y luego Virginia y Mª Jesús (gracias, Luis, por tu generoso abrazo en ese momento).
La entrada en la plaza de la Catedral ponía el punto final a un intenso viaje a pie, que había comenzado justo ocho días antes en la pequeña población de La Portela. Ese día, en el que el autobús nos dejó al lado de una gasolinera para comenzar a andar, me parecía increíble estar allí y haber sido elegida en un concurso en el que habían participado otras 22.000 personas. Me sentía feliz.
Solo un día antes, las dudas habían sido incómodas compañeras de viaje en el tren que me había llevado de Valencia a Madrid: “¿Qué hacía yo allí? ¿Qué necesidad tenía de ir sola a un viaje con otras treinta personas que no conocía de nada? ¡Con lo que a mí me cuesta abrirme a la gente!...”.
Pero, desde el primer momento (el propio Nacho Ares lo repetiría varias veces en algunas de las conexiones que hizo para la Cadena Ser), se creó entre nosotros un vínculo especial que nos hacía parecer amigos de toda la vida y que me hizo sentir realmente cómoda con vosotros.
No voy a repasar día a día cómo he vivido el Camino de Santiago. Solo puedo decir que me lo he pasado muy bien (no me atrevo a decir que hayan sido los mejores días de mi vida -creo que ésta es una expresión que se utiliza muy a la ligera y que, precisamente por eso, ha perdido fuerza-, pero casi). No sé si peco de conformista, pero he de reconocer que no he encontrado ni un solo aspecto negativo en nuestro viaje (bueno, quizás sí... las duchas con agua fría, je,je,je!) .
La verdad es que he disfrutado por igual de la soledad buscada en muchas etapas y de la compañía encontrada en otras muchas: cómo olvidar las interminables charlas con Carmen, las anécdotas de Mª José, el caminar nervioso de Josefina o la inestimable compañía de Ervigio (gracias por acompañarme en aquel tramo de Samos a Sarria, un día en el que mi cabeza y mis piernas no parecían mantener una comunicación demasiado fluída entre ellas y que se hubiera hecho interminable sin contar con tu amena conversación).
He disfrutado del sol (a pesar de lo que me dificultó el ascenso hasta O Cebreiro) y de la lluvia; del paisaje y de las iglesias... siempre románicas (¿eh, Ana?); de los cafés y las cervezas, solas o con limón, con las que nos premiábamos a cada rato; incluso de los kilómetros andados de más (Gladys, todavía recuerdo tu cara en la etapa de O Cebreiro a Triacastela cuanto tú, Alfonso y yo nos equivocamos a la salida y tuvimos que hacer... ¡¿3 kilómetros más?! En cualquier caso, tenemos que reconocer que el tramo era mucho más bonito por donde lo hicimos que por la carretera, ¿eh?).
Me he reído como nunca antes con los bailes nocturnos; con anécdotas como la de Josefina y el bastón de Nacho (Concha, qué bonito relato escribiste; ojalá te lo premien y podamos acompañarte a recoger el premio); con aquel “ataque” fingido con el que Ana se rebeló contra todos los convencionalismos del Camino (“¡Buen Camino, Buen Camino!”); con las pequeñas “maldades” cuando seguíamos la corriente a quienes nos confundían con locutoras de la radio, o con las conversaciones sobre chicos que hacían saltar a la buena de Josefina de la silla cuando oía “determinadas expresiones” (¿subidas de tono?) que seguro que ella nunca se hubiera atrevido a usar.
También he aprendido mucho de vosotros: de política y de música (Ferran, me he comprado el Alchemy remasterizado que me comentaste); de botánica (Carmen, ya distingo un castaño de un roble y, por supuesto, qué es el toxo y el loureiro); de Historia (Matilde, gran señora y fantástica persona, gracias por resolver mis dudas sobre la iglesia de San Nicolás de Portomarín; ojalá el viaje hubiera durado más tiempo: ¡tenemos tanto que aprender de ti!); de rituales (Mª José y Sara, ya he puesto mi piedra a la luz de la luna llena... aunque no sé si da resultado),... pero, sobre todo, de amistad y compañerismo.
Me ha alucinado ver cómo se hace la radio en directo y me he sentido como una boba al encontrarme en persona a Gemma Nierga, a Montse Domínguez o a Iker Jiménez, y al conseguir hacerme una foto con mi idolatrado Juanjo Millás (gracias, Carmen; sin tu ayuda, esa foto, que ahora atesoro, nunca hubiera sido realidad).
Me he sentido terriblemente agradecida por el trato recibido del encantador y siempre atento Sendra (José Mª), de Roberto, de David, de Luciano, de Eduardo y del bueno de Geo y de la amabilidad y cariño de Maite y Valentín (a ver si la Ponferradina continúa con su buena racha). Mención aparte merecen Nacho (¡ese Nacho, eh!) que, desde mi punto de vista, tan inteligentemente supo hacer frente al pequeño conato de rivalidad del equipo rojo, y nuestra Sara (¡incansable!) que, desde el principio, ha sido una más del grupo.
Una vez en Santiago, entré en la Catedral para volver a ver su magnificencia, pero también para darle a “Don Santiago” (así nos ha acostumbrado Mª José a llamar al Apóstol a buena parte del “equipo B”) las gracias por haberme permitido, esta vez sí, terminar el camino y, sobre todo, hacerlo en compañía de vosotros.
La vuelta a casa fue larga, monótona y un tanto triste a medida que íbamos dejando a compañeros por el camino: Marcos, Luis, Matilde... El lunes, Concha (gracias por acogerme tan amablemente en Madrid) y yo regresamos a Valencia, donde los casi 40º de ese día nos sacaron abruptamente de la ensoñación en la que habíamos permanecido durante los diez días anteriores.
Siento no haber podido conoceros más profundamente a muchos de vosotros; nos ha faltado tiempo, aunque intento subsanarlo manteniendo el contacto con algunos a través del correo y de las redes sociales. Por supuesto, no es lo mismo.
Sé que volveré a hacer el Camino (otros tramos, otras épocas del año), porque siempre he preferido las vacaciones mochileras a las de tumbona playera, pero nunca será como el de este año. Mucha gente que sabe de mi afición a recorrer el Camino de Santiago me pregunta por qué lo he hecho ya varias veces. Mi respuesta siempre es la misma: “el Camino engancha” y creo que lo hace, precisamente, por las personas que te vas encontrando en él. Por eso, el camino de este año es y será diferente al que pueda hacer en cualquier otra ocasión: porque ha sido con vosotros.
Gracias por compartirlo conmigo.
Ana.
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