Comienza un día aparentemente como cualquier otro. Suena el despertador y un gruñido sale de mi boca. Como es habitual los lunes mi cuerpo me pide de todo menos ir a clase.
Me levanto, actúo despacio, mi cuerpo está cansado y las piernas tiemblan. Me visto, me aseo y me dirijo hacia la puerta. Parece un día normal, pero, naturalmente, no lo es.
Salgo de casa, miro a los lados antes de cruzar el semáforo para evitar atropellos innecesarios y, de repente, surge una sensación dentro de mí: lo que siempre había sido natural, empieza a parecer extraño.
Me siento torpe, minúsculo, vacío porque realmente mi auténtico ser está esquivando las piedras que puedan hacerme un esguince, durmiendo en una colchoneta en el frío suelo de un polideportivo en el que la higiene de sus baños deja mucho que desear. Estoy riéndome en el bar, tras un largo día de agotamiento. Estoy cenando en el suelo con una copa de vino. Estoy fundido en abrazos en un mar de camisetas azules de “la SER” en la plaza del Obradoiro, con personas que hace tan solo unos días me eran totalmente desconocidos y ahora me resultan totalmente familiares. Sintiendo que algo tan sencillo aparentemente en ojos ajenos es para mí una felicidad inexplicable.
El pitido de un taxista (algo que parece habitual en Madrid) me devuelve a la realidad, la vida continua. Me dirijo hacia clase donde me esperarán numerosos exámenes y clases atrasadas.
Parece que el estrés de la ciudad empieza a envolverme de nuevo y un miedo recorre mi espalda al pensar que todo este ajetreo en contra de mi voluntad pueda hacer que olvide estos 9 increíbles días.
Es entonces cuando termina la jornada y vuelvo a casa con un hambre sólo comparable a la de un felino que lleva varios días de ayuno. Me doy un festín y decido retomar los estudios, pero decido leer el correo antes de saturar mis neuronas con conceptos técnicos y cantidad de números.
En ese momento observo, con sorpresa, una serie de emotivos e-mails de esos grandes peregrinos/as con las que he estado caminando bajo la lluvia y ese incansable sol, a pesar de las ampollas, tendinitis, edad y otros muchos hándicaps que no van a dejar que me olvide nunca de estos increíbles 9 días. Fui a realizar un viaje para disfrutar de nuevas experiencias ,conocer gente y, porque no decirlo ,dejar mis problemas apartados.
Me he llevado mucho más de lo que esperaba, aparte de unas amistades que no olvidaré, una experiencia inolvidable, porque, aunque no quiero abusar de repetitivo ni plagiador: ”el camino te da lo que necesitas”.
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